Isla de zanzÍbar
Isla de zanzÍbar
Playas solitarias, sin construcción alguna que le ponga un pero a su paisaje de genuino trópico; plantaciones de especias, pueblitos pesqueros del todo africanos y, sobre todo, el delicioso casco viejo de su capital, la Ciudad de Piedra, son los tesoros más preciados de esta isla legendaria que fuera un epicentro de la cultura swahili. Hace apenas una década esta isla de nombre legendario era un secreto a voces, pero sólo entre los apasionados de Africa, que se refugiaban en su entonces absoluta placidez después de regresar de expediciones mucho más arduas por el interior del continente. Hoy, sin embargo, esta isla, que todavía pocos sabrían situar con seguridad en un mapa, aparece con algo más de familiaridad en el vocabulario viajero.
Frente a las costas de Kenia y Tanzania, la isla de Zanzíbar –Unguja, aunque todos la conocen como Zanzíbar sin más– ocupó un rol desmesurado en la historia para lo exiguo de su territorio. Fue ésta la isla mítica de las especias y los esclavos, en la que entre los siglos XVIII y XIX hasta 30.000 infortunados capturados en las entrañas del continente eran recluidos cada año antes de ser embarcados hacia los mercados de hombres de India, Persia, Turquía y Omán. Pero si su pasado estuvo protagonizado por este vergonzoso episodio de la historia de la Humanidad, su presente se dibuja mucho más apetecible: playas de absoluto pecado a menudo del todo vírgenes y orladas por las aguas turquesas del Indico en las que pescar o bucear, plácidos pueblitos de pescadores, un ramillete de hoteles de nivel camuflados entre su vegetación de palmeras, plantaciones de esas especias que antaño cotizaran al precio del oro en los mercados de Europa y, sobre todo, Stone Town o su Ciudad de Piedra, el delicioso casco viejo de su capital. Sus decadentes aires portugueses, sazonados con reminiscencias orientales, se engarzan en su laberinto de callejas desportilladas, carcomidas de salitre, en las que se aspira un ambiente mestizo donde confluyen con arte las huellas africanas, indias y árabes que han tejido su historia y que conformaron la cultura swahili.
Sus robustas puertas de madera labradas son herencia de los artesanos llegados en el XVI cuando la ciudad se convirtió en la capital del sultanato de Omán, los colores de los saris que visten muchas de sus mujeres hablan de los llegados de la India, y el color de la piel de los niños que juegan al escondite por sus nostálgicos recovecos le recuerdan a uno que esta vieja, desconchada y húmeda Ciudad de Piedra no podría estar más que en África. Hoy, en las mansiones de los mercaderes de antaño han abierto encantadores hotelitos, y las terrazas que las coronan se han convertido en la atalaya perfecta desde la que asistir al fluir sosegado de esos shows de vela latina que atracan cada atardecer en su vivaz puerto, que se puebla entonces de puestos donde se asa a la parrilla la captura del día y que, todavía hoy, se parece mucho al puerto del que, como Livingstone y Stanley, partieron tantos exploradores para adentrarse en las entrañas de África.
Por su mestizaje, por representar como pocas a esas ciudades de la llamada Costa Swahili que vivieron de mercadear por cada esquina del Indico y, definitivamente, por su embrujo, la Ciudad de Piedra fue en 2000 declarada Patrimonio de la Humanidad.

